El veterano director Masahiro Kobayashi (Tokio, 1954) es un habitual del circuito de festivales cinematográficos. Ahí es donde hay que descubrirle, pues sus trabajos aún permanecen inéditos en salas comerciales españolas. En títulos recientes como Bashing (2005) y The Rebirth (2007) muestra una austeridad y sensibilidad extraordinarias para esbozar profundas críticas sociales del Japón contemporáneo.
“La mayoría de los japoneses no tiene esperanzas en el futuro”
Kobayashi presenta estos días su última película en el Festival Cines del Sur de Granada (4-10 al de junio), sin duda uno de los platos fuertes del certamen andaluz. El viaje de Haru, que ha escrito y dirigido, es una suerte de road movie melodramática centrada en las dinámicas familiares de la sociedad japonesa. Un duro relato de supervivencia física y emocional en el que un anciano pescador y su nieta, después de haberse quedado sin empleo y sin recursos para subsistir, emprenden un viaje al sur del país en busca de trabajo y cobijo, pero sobre todo tratando de construir un nuevo hogar.
- Hay un sentimiento de pesimismo en el filme que no busqué intencionadamente. El hecho es que la mayoría de los japoneses no puede tener esperanzas en el futuro. Yo hice la película antes del terremoto, pero ese sentimiento ya estaba ahí, instalado en la sociedad.
-Tengo entendido que El viaje de Haru se filmó en una de las ciudades arrasadas por el tsunami…
-Si, así es. Poco después del rodaje, este pequeño pueblo pesquero de la región de Hokkaido quedó completamente anegado por las aguas del mar. En este sentido, la película es el documento de un pueblo milenario que súbitamente, en cuestión de horas, desapareció del mapa.
-El filme es un relato de supervivencia realizado en el corazón de la crisis financiera, que también ha golpeado muy fuerte a su país, pero con las catástrofes naturales que este año ha padecido Japón, el filme adquiere todavía mayor vigencia. ¿Cómo ha vivido usted estos eventos tan destructivos?
-Yo estaba en Tokio, y lo viví desde allí como otros millones de ciudadanos japoneses. No puedo decir que viví la experiencia de una forma excepcional. Mi casa se tambaleó, hubo cierto pánico y mucho ruido, pero yo no perdí ni mi casa ni a mi familia, yo no he padecido el sufrimiento de tantos compatriotas.
-El filme habla sobre la necesidad de crear vínculos humanos en momentos de gran precariedad y necesidad. La imagen que ha dado Japón hacia el resto del mundo tras la catástrofe es una imagen de unidad social. ¿Lo ha vivido usted así?
-Para los países extranjeros parece que estamos todos unidos en una situación muy difícil, pero debo decir que esta unidad no es suficiente para que la gente viva feliz, porque al final todos somos seres individuales tratando de sobrevivir en una sociedad capitalista. La idea que hay en la sociedad japonesa de hoy en día es que estar unidos es lo más importante, pero me parece que todo el mundo se está olvidando de vivir sus propias vidas. Y entre la poca gente que lo hace, se ha creado un sentimiento de rechazo, de antipatriotismo, que considero un tipo de reacción muy fascista. Creo que la sociedad japonesa está yendo en una dirección muy peligrosa en este sentido.
-Su filme trata ampliamente sobre los efectos de la crisis económica y de la desintegración de la familia como núcleo social. ¿Se refiere a este tipo de cuestiones?
-Sí, por supuesto, y también el hecho de que la Seguridad Social tiene graves condiciones estructurales. Con el pretexto de desarrollar esa Seguridad Social el gobierno subió hace tiempo el impuesto de consumo pero aún no hay suficiente dinero, y están debatiendo sobre cómo aplicar recortes de cobertura social y subir el impuesto. Yo diría que el gobierno está gastando donde no debe gastar y recortando donde no debe recortar. Hay mucha gente que quiere trabajar pero no puede, sobre todo ancianos, como ocurre en la película, que súbitamente se han quedado sin nada y ya no pueden recomenzar. Hay un muy amplio sector de la sociedad en esa situación. El gobierno de Tokio les ha llamado vagos, pero el hecho es que hay mucha gente que no puede trabajar aunque quiera, las empresas no contratan a nadie, y la responsabilidad del sector público es muy grande.
Fuente: ElCultural.es